miércoles, 17 de octubre de 2012

Bastó verte para perderme

‘Como has cambiado pelona’, recordó mientras caminaba hacia la entrada del zoológico. Adentro, nada era como hace seis años.
El espacio cada año se reducía pero el comercio fuera  era asombroso. Comidas rápidas, peluches, algodón de azúcar, alquiler de coches para nenes y hasta cámaras fotográficas de rollo, sí, aún se vendían. Como siempre, había las largas colas en la boletería, mejor dicho personas a punto de ‘poguear’ por ser el primero en obtener su boleto.
Once de la mañana era tarde para quién deseaba deleitarse con la fauna que aguardaba aquel lugar. Diez soles costaba la entrada para mayores de trece años, para los menores de trece solo cinco monedas de un sol mientras que a los mayores de 65 años se les exoneraba el pago, así se podía leer en un cartel de la taquilla y lo repetía el colaborador con su megáfono.
‘Entremos, es hora’ gritaba un niño mientras jaloneaba a su padre. La euforia cada vez se intensificaba debido a la siguiente cola que obligaba al ingreso. ‘Por aquí, por allá’ eran las típicas frases que escuchaba. Sin embargo, para él no era lo mismo regresar al lugar que en su momento fue su sueño, como aquel niño que por primera vez lo visitaba.
Animales enjaulados dando rondas por el mismo espacio y personas observándolos no era agradable para él. Cámaras fotográficas con grandes objetivos y los flashes que capturaban imágenes de seres que pedían a gritos libertad, se observaban a montón.
Su fastidio duró poco. Su adorada Peny le arrancó una gran sonrisa, la jirafa que conoció cuando tenía trece años seguía viva, “era un milagro”, decía en voz baja. Aunque se veía algo lenta y con la piel seca, él lo sabía, era única.
Más adelante conoció a “Sol”, un bebé hipopótamo,  que lucía esbelta y coqueta mientras salía de su piscina. Ella era la tercera cría de “Pipo” y “Carlota”, la primera pareja de hipopótamos que llegó de la Habana hace más de nueve años. 
El paseo por el zoológico no fue fantástico como lo fue cuando pisó por primera vez el Parque de las Leyendas. Pero cuando Mateo volvió a ver a su Peny la felicidad le volvió el rostro. Descubrió que al menos algo no había cambiado, era ella y su niño soñador.



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