‘Como has cambiado pelona’, recordó mientras
caminaba hacia la entrada del zoológico. Adentro, nada era como hace seis años.
El espacio cada año se reducía pero el
comercio fuera era asombroso. Comidas
rápidas, peluches, algodón de azúcar, alquiler de coches para nenes y hasta cámaras
fotográficas de rollo, sí, aún se vendían. Como siempre, había las largas colas
en la boletería, mejor dicho personas a punto de ‘poguear’ por ser el primero
en obtener su boleto.
Once de la mañana era tarde para quién
deseaba deleitarse con la fauna que aguardaba aquel lugar. Diez soles costaba
la entrada para mayores de trece años, para los menores de trece solo cinco
monedas de un sol mientras que a los mayores de 65 años se les exoneraba el
pago, así se podía leer en un cartel de la taquilla y lo repetía el colaborador
con su megáfono.
‘Entremos, es hora’ gritaba un niño
mientras jaloneaba a su padre. La euforia cada vez se intensificaba debido a la
siguiente cola que obligaba al ingreso. ‘Por aquí, por allá’ eran las típicas
frases que escuchaba. Sin embargo, para él no era lo mismo regresar al lugar
que en su momento fue su sueño, como aquel niño que por primera vez lo
visitaba.
Animales enjaulados dando rondas por el
mismo espacio y personas observándolos no era agradable para él. Cámaras
fotográficas con grandes objetivos y los flashes que capturaban imágenes de seres
que pedían a gritos libertad, se observaban a montón.
Su fastidio duró poco. Su adorada Peny le
arrancó una gran sonrisa, la jirafa que conoció cuando tenía trece años seguía
viva, “era un milagro”, decía en voz baja. Aunque se veía algo lenta y con la
piel seca, él lo sabía, era única.
Más adelante conoció a “Sol”, un bebé hipopótamo,
que lucía esbelta y coqueta mientras
salía de su piscina. Ella era la tercera cría de “Pipo” y “Carlota”, la primera
pareja de hipopótamos que llegó de la Habana hace más de nueve años.
El paseo por el zoológico no fue fantástico
como lo fue cuando pisó por primera vez el Parque de las Leyendas. Pero cuando
Mateo volvió a ver a su Peny la felicidad le volvió el rostro. Descubrió que al
menos algo no había cambiado, era ella y su niño soñador.