domingo, 4 de noviembre de 2012

La muerte que lo eternizó

John Lennon en su apartamento de Nueva York, el 8 de diciembre de 1980, el mismo día que lo asesinaron. Foto: Annie Leivovitz.



El 8 de diciembre de 1980 quedó en la historia. John Lennon, el ex integrante de Los Beatles dejó de existir para el mundo. Seis balas disparadas por David Chapman causaron su muerte y solo una le atravesó la aorta lo que bastó para decir adiós. La noche esta vez no iba a su favor. El rostro cálido y apaciguable del joven que conquistó el mundo dio el último aliento; el instinto de supervivencia le fue negado.
Como de costumbre cubría su cuerpo delgado con un pantalón azulino recto, eran los años setenta, y los zapatos baqueros negros con taco grueso imponían la moda, además la chaqueta rockera le era infaltable.  Mientras que sus anteojos redondos parecidos a los de una abuela, como solía decirle su amigo Paul McCartney, era raro que no los lleve puesto.
Se lo vio sonreír bajando de su limosina, su esposa se había adelantado. Regresaba del estudio de grabación aquella noche newyorkina que anunciaba un clima friolento y poco confiable. Pero  nada parecía opacar la felicidad de Lennon de grabar temas para el nuevo disco “Double Fantasy”. “Es un tipo de fresa pero lo que significa para nosotros es que dos personas tienen la misma imagen en el mismo momento. Ese es el secreto”, comentó John en una entrevista realizada por la revista Rolling Stone, refiriéndose al nombre de su disco.
Luego de separarse de la banda in de la época no se escuchó nada sobre él. La fanaticada buscaba su voz, aquella había desaparecido en un ambiente cargado de exigencias. Y es que toda su vida anheló vivir como una persona normal que sale a caminar libre de cámaras y sin gran  popularidad.
Las Bermudas, una isla paradisiaca ubicada en Norteamérica sería el inicio de un sin número de melodiosas canciones para Lennon. La inspiración retornaba con ímpetu. Un fuerte viento de suaves notas musicales parecidas a las de Rock lobster y B-52’s bandas con el estilo musical de Yoko fue lo que hizo desempolvar el talento de la pareja. La lejanía no era un impedimento. Ella y John hablaban todos los días y se cantaban las canciones que cada uno había compuesto entre llamada y llamada.
Tener un niño fue algo muy importante para nosotros. La gente podría haber olvidado cuántas veces intentamos conseguirlo y cuántos abortos hemos tenido, y las ocasiones en las que Yoko ha estado cerca de la muerte…” El nacimiento de su hijo cambió a Lennon. Su ausencia fue notoria puesto que dejó de escribir canciones por más de cinco años y el intento de tener un niño con Yoko fue una larga espera de más de diez años. Casi eterna pero no imposible. 
El joven de gafas redondas que enloqueció a jóvenes en los sesenta no sería el mismo. La madurez llegó tarde, pero llegó. Las fiestas, la droga, los conciertos fue suplantado por momentos de dedicación a su hijo. La rutina adolescente que demandaba la época boom del cuarteto de Liverpool llego a su fin.
Serias decisiones involucrarían serias consecuencias. Así como Mark David Chapman, muchos fans no aceptaron el nuevo rumbo de su ídolo. En especial, Chapman, joven procedente de la ciudad texana de los Estados Unidos, aficionado acérrimo de Los Beatles y fanático de John.
El asesino de Lennon anhelaba ser como él. Se casó con una mujer japonesa como la esposa de su ídolo. La liquidación de su último trabajo tuvo como firma ‘John Lennon’. Consideraba un pecado no asistir a sus conciertos y una muerte segura no conseguir su autógrafo.  Sus problemas de obsesión eran intensos.
La mañana del 8 de diciembre de 1980 el mundo dejaría de respirar rock and roll. Los alrededores del Dakota fueron un valle de lágrimas. Toda la calle estaba llena de gente de todas las edades y religiones. La mayoría lloraba u otros estaban allí por curiosidad. Había muchos periodistas, pero sobre todo, mucha gente en estado de shock.
"Oí una voz que me decía: Hazlo, hazlo. Y al verlo pasar, saqué el revólver y apreté el gatillo cinco veces seguidas (…) Yo era un don nadie hasta que asesiné al tipo más grande de la Tierra", decía Chapman en shock. No solo podía morir feliz sino satisfecho. Pocas horas de haberlo asesinado cumplió su gran sueño, el autógrafo de su más grande cantautor.

"Yo no tengo miedo de vivir en Nueva York. A mí nunca me han atacado, nunca me han molestado. Lo único que me pasa es que, de vez en cuando, alguien me detiene en la calle para pedirme un autógrafo. Y eso para mí no es molestia. Al contrario, me hace sentir bien..." 

Si aquel día el juguetón, exuberante, sencillo pero elegante y directo John (como lo describe Jonathan Cott, periodista de Rolling Stone que lo entrevistó por más de nueve horas tres días antes de su muerte) hubiera conocido el destino que le esperaba, hoy sería más que un hito. Su confianza y humilde apariencia se recuerdan y se valoran.